Personajes:
MICAELA: 17 años, vestida
con uniforme escolar
CATALINA: 35 años, vestida
con traje de baño y una bata o toalla que se pondrá alrededor del cuerpo
HOMBRE: 40 años, vestido de
mendigo
MUCHACHO: 20 años, vestido
de mendigo
MUJER: 50 años, vestida de
mendiga
El Hombre, el Muchacho y la Mujer cumplen diversos
papeles en esta obra. Mientras no estén en otro papel, deambulan por el
escenario buscando entre la basura o se dirigen al público en actitud
suplicante.
Todos los actores están en
todo momento en escena.
Escenario:
El escenario está
totalmente cubierto por basura. Hay varios montículos de desperdicios de donde
los actores recogerán los distintos elementos que necesiten para la representación
y donde se sentarán o recostarán. Lo que más debe destacar entre la basura es
la presencia de un perro muerto.
PRIMER ACTO
(Micaela está sentada
leyendo un libro mientras Catalina termina de aplicarse bronceador al cuerpo y
se recuesta para tomar sol. El Hombre, el Muchacho y la Mujer buscan cosas en los
montículos de basura. El Hombre encuentra un objeto que sugiere un micrófono.
El Muchacho encuentra una vieja guitarra e intenta afinarla. Micaela termina de
leer el libro, lo cierra y se levanta.)
MICAELA: Señorita Campana.
HOMBRE: Damas, damas, damas y caballeros, es
ahora un gratísimo placer para mí presentarles a una de las más refrescantes
promesas del rocanrol peruano en esta refrescante década...
MICAELA: Señora Catalina Campana Wharton.
HOMBRE: ... a una gratísima revelación que -qué
duda nos cabe- dará mucho de qué hablar en el futuro. Me refiero a Adorizzio,
quien nos interpreta un tema de su propia inspiración titulado "Un
mendrugo de amor".
MICAELA: Querida Catalina.
HOMBRE: A ver el aplauso para Adorizzio.
(Se escucha una música de
nueva ola grabada mientras el Muchacho hace como si tocara la guitarra.)
MUCHACHO (haciendo fonomímica): Me llaman mendicante;
soy testigo del dolor;
mi casa son las calles;
yo mendicante soy.
Un mendrugo de amor.
Me dicen pordiosero;
voy errante como el sol;
aborrezco el dinero;
yo mendicante soy.
Un mendrugo de amor.
MICAELA: Querida doctora Catalina.
MUCHACHO (haciendo fonomímica): Maldito
Constantino,
en el fuego arderás;
maldito Constantino,
perro muerto sin paz.
MICAELA: Estimada doctora Campana.
MUCHACHO (haciendo fonomímica): Maldito
Constantino,
en el fuego arderás;
maldito Constantino,
perro muerto sin paz.
(La música se sigue
escuchando y el Muchacho hace como si tocara la guitarra.)
MICAELA: Primero: una canción que sólo pondrían
en la hora del recuerdo; segundo: Constantino, el emperador romano; tercero: la
cantidad de mendigos salpicados por las calles de Lima. Si ayer no más alguien
me preguntaba qué tenían que ver todas esas cosas, yo habría tenido que
decirle, oye, ¿qué te picó a ti? ¿Estás loco? Pero acabo de terminar de leer su
libro, doctora, y ahora me doy cuenta de que, en nuestro país, cualquier locura
se pasea como Juan por su casa. Decirle que estoy excitadísima con el asunto de
los mendicantes sería poco. Con decirle que es el primer libro que me despacho
completo en mi vida. Y si alguien me pregunta ahorita, oye, ¿por qué le estás
escribiendo a la doctora? ¿Estás loca? Tampoco sabría qué contestarle. Es que
no sabía qué hacer, doctora. Tito, mi enamorado, es inteligente pero no sabe
francés, el pobre. A mis papás qué les va a interesar el asunto. Y a usted qué
le importarán mis problemas, ¿no? Debo parecerle una impertinente, ¿no?
Escribirle sin que me conozca ni en pelea de perros. Pero es que tenía que
compartirlo con alguien, esta cosa que se me ha venido tan rápido que el cuerpo
no me basta; esta felicidad, este miedo, pero un miedo rico; no sé si me
entiende. No sé si alguna vez me recupere del revolcón.
MUCHACHO (haciendo fonomímica): Mendicante soy.
Un mendrugo de amor.
(La música deja de sonar.
El Muchacho deja de tocar. Micaela se acerca a la Mujer que está sentada
mendigando. Apenas ve a Micaela, la
Mujer mueve su sombrero hacia ella medigando.)
MICAELA: Buenos días, señora. ¿Cómo está?
MUCHACHO: ¿Por qué se esconden estos
mendicantes? ¿Ah? ¿Por qué? ¿Por qué tanto secretito, tanto misterio, tanta
tontería? ¿Ah? ¿Qué esconden? Algo apesta muy pero muy fuerte en toda esta
sonsera.
(Mientras Micaela habla con
la Mujer , ésta
sigue moviendo su sombrero en señal de mendicidad.)
MICAELA: ¿No me escucha, señora? Le estoy
hablando. Me llamo Micaela, Micaela Valle Riestra. ¿Usted?... Usted no,
supongo. Es un chiste. Malazo, ¿no?... Usted siempre se sienta aquí, ¿no?
¿Puedo conversar con usted un minuto? ¿Le molesta si me siento aquí?
(La Mujer sigue en lo suyo.
Micaela se sienta al su lado.)
MICAELA: Gracias por la invitación... Señora, le
estoy hablando. ¿Me escucha? En fin... Los mendicantes... Quería conversar con
usted sobre ellos. ¿Los conoce? Tiene que conocerlos; no se haga. Señora...
¿Por qué no habla, señora? ¿Sabe o no sabe algo de los mendicantes? Sólo dígame
eso... Por favor, señora, no se haga la sorda... Y supongo que si le pregunto
si usted es una mendicante, usted se va quedar callada, ¿no?... Ahí está. ¿No
le digo? ¿Soy una genio o qué?
(Frustrada, Micaela se
levanta y se aleja de la mujer. Catalina se levanta.)
MUCHACHO: Que alguien me responda. ¿Qué esconden
estos mendicantes? ¿Ah? Mucho dinero debe estar detrás, muchísimo.
CATALINA: Tesis que presenta la alumna Catalina
María Campana Wharton para obtener el grado de Bachiller en Ciencias Sociales
con mención en Antropología.
MUJER: ¡Cristo es el Señor! No se enciende una
lámpara para ocultarla bajo un mueble. ¿Por qué, entonces, por qué estos
mendicantes de los que tanto se habla, que reconocen que Cristo es el Señor, no
anuncian y gritan la buena nueva a todos los vientos?
CATALINA: Las razones que los Cristianos de Lima
aducen para justificar el imperativo de la clandestinidad son fruto de una
educada reflexión histórica y de un profundo conocimiento del espíritu humano.
HOMBRE: ¡Pura novelería!
CATALINA: Durante los primeros siglos de la fe,
los seguidores de la doctrina de Jesucristo fueron perseguidos, torturados y
llevados a la muerte por distintas instancias del imperio que los veía como una
amenaza a su forma de vida.
HOMBRE: Claro, ahí sé se justificaba.
CATALINA: La conciencia del peligro común
suscitaba entre la comunidad de fieles una solidaridad sin condiciones y la
necesidad de una constante purificación espiritual. Esto, por supuesto,
significaba una completa unidad en los pensamientos, sentimientos y acciones.
Por lo demás, su ilegalidad los exoneraba de participación en las crónicas
guerras de una época tan inestable.
MUJER: ¡Ay de mí si callare!
CATALINA: Pero esta unidad y pureza primigenias
desaparecerían en el siglo cuatro, primero, con la legalización y, luego, con
la elevación del Cristianismo al rango de religión oficial del imperio.
HOMBRE: Parten de una concepción adulterada y parcial
de la historia; de premisas falaces y conclusiones antihistóricas. Obviamente,
eso los lleva a pretender ahora, en nuestra época, volver a los tiempos de las
persecuciones y las catacumbas. ¡Por favor!
CATALINA: Al iniciarse aquel siglo, Constantino
era uno de los emperadores de un imperio dividido.
HOMBRE: Aquí nadie los persigue ni los hostiga.
Qué tal decepción; se esconden pero nadie ni los busca. Y este esconderse por
esconderse me parece ridículo, insano y -¿por qué no decirlo?- estúpido.
CATALINA: Constantino prometió a los cristianos
la legalidad a cambio de su colaboración en su enfrentamiento con Majencio,
otro de los emperadores. Los cristianos, aducen los mendicantes, sucumbieron a
la tentación de la violencia y fueron a la guerra. Las fuerzas de Constantino
derrotaron a las de Majencio en la
Batalla del Puente Milviano en el año 312. Constantino quedó
como único emperador de un imperio nuevamente unido. El Cristianismo fue
legalizado. No pasaría mucho para que la nueva fe se convirtiera en la religión
oficial del Imperio.
MUJER: Anunciad la nueva, anunciadla a todas las
naciones, a los gritos, a todo pulmón.
HOMBRE: Una estupidez.
CATALINA: Pero la oficialización de sus
creencias, que para la mayoría de cristianos fue y sigue siendo motivo de
regocijo, significó, según los Cristianos de Lima, el inicio de la Gran Corrupción de
los Fieles.
MUJER: ¡Ay de mí!
CATALINA: Al descubrirse, de un día para el
otro, con libertad y poder, los cristianos no sólo empezaron a participar en
los conflictos armados de la época sino que llegaron a fomentarlos cuando ello
convenía a sus nuevos intereses.
MUCHACHO: La policía debería intervenir aquí.
CATALINA: Con la legalidad, igualmente, llegaría
el relajo en el espíritu combativo de los fieles. La constante purificación y
la unidad dadas por el peligro se habían esfumado de súbito. Los cristianos
empezaron a hacerse de oro y posesiones terrenales. Con ellos, no tardarían en
llegar las ambiciones, las mezquinas rencillas y, eventualmente, la explotación
de los semejantes.
MUCHACHO: Todo. Hay que investigar todito; con
la policía. ¿Qué intereses están detrás de todo esto? ¿Ah? ¿Qué transnacional
se esconde tras toda esta patraña? ¿Ah?
CATALINA: Es por ello que los Cristianos de Lima
aborrecen el nombre de Constantino y no pierden la ocasión para maldecirlo
tachándolo de animal, perro o, más frecuentemente, de perro muerto. Es él,
según su concepción, el responsable directo de la Gran Corrupción de
los Fieles. Es también por ello que los miembros de la secta buscan recrear la
ilegalidad y clandestinidad originales. Pese a que, hoy por hoy, nadie los
persigue, los Cristianos de Lima forman una sociedad secreta y oculta a la que
sus miembros siempre niegan pertenencia y filiación. Muchas gracias.
MICAELA: No, doctora, no es que quiera estar
todas las semanas como un chicle, pero tenía que contarle del tremendo
volteretazo que su libro ha causado en ésta, su servidora. Con decirle que ya
es la segunda vez que me lo leo; todo, con los agradecimientos y todo. Cómo le
explico. Aquí está empezando el invierno pero, lo que es por mí, cada día
siento que hay luz más temprano. Cada día siento que quiero más a todos, a
Tito, al mundo. Y otra vez no sabría decirle con seguridad por qué le estoy
escribiendo. Pero de una cosa estoy segura: ahora siento que puedo hacer una
barbaridad de cosas que antes, ni loca. Como en una película.
CATALINA: ¿Qué piensas hacer ahora, Micaela?
MICAELA: Jueves, 2 de mayo de 1990. Ciudad de
Lima. Llego del colegio. Tres de la tarde aproximadamente. Mi señora madre me
pregunta cómo me fue. Le digo que bien. Mi señora madre me pregunta si voy a
salir esa tarde. Le digo que no sé. Mi señora madre me dice, oye, a propósito,
te llegó una postal de Francia ahora. Unos segundos de silencio y después... ¡Pum!
¿Qué fue eso? ¿Coche-bomba? ¡Cuerpo a tierra! Ahí mismo, supe que se trataba de
usted y mi corazón saltó hasta el cielo. Gracias, un millón de gracias,
doctora, por tomarse el trabajo de contestarme; usted, que debe estar tan llena
de trabajo. Qué linda la foto de la playa. Qué envidia. Aquí está haciendo un
frío. Y para colmo, ya les prometí a mis papás que voy a estudiar el próximo
verano para entrar a la universidad. Chau, Punta Hermosa. ¿Qué se tiene que estudiar
para estudiar a los mendicantes? Le tengo que hacer una confesión, doctora:
mendigo que me encuentro en la calle, mendigo al que interrogo sobre la secta.
Ya sé, ya sé que tienen prohibido hablar. Pero igual, por si acaso, ¿no? Una
nunca sabe, ¿no?
CATALINA: Por lo menos merezco saber eso.
MICAELA: ¡Te vi, Catalina! En el cable pasaron
la entrevista que te hicieron en París. No sabes cómo me quedé apenas dijeron
"Nuestra invitada es la doctora Catalina Wharton"; a propósito,
cuánta ignorancia en el mundo, ¿no? Bueno, la cosa es que tuvieron que recoger
mi mandíbula del piso, con grúa. Qué bonita me habías resultado, oye. Y qué inteligente;
como lo dejaste al francés imbécil ese que se creía el que sabía todo. Vas a
ver, acuérdate de mí, tú te vas a ganar el premio E.S.E. Lo mereces más que
nadie, vas a ver.
CATALINA: ¿Qué vas a hacer?
(Micaela va hacia la Mujer , que está sentada
mendigando. Ésta empieza a mover su sombrero. Micaela se sienta a su lado.)
MICAELA: Discúlpeme lo de ayer, señora. ¿Se
acuerda de mí? Me porté mal con usted y no tenía derecho. Así, a veces, me
pasa. No pienso en las cosas y termino haciendo tonterías. Yo la entiendo,
señora. No puede hablar, ¿no? Vivo en esa casa, con el carro rojo al frente.
¿La ve? Me llamo Micaela Valle Riestra, soy estudiante... ¿Por qué no me dice "hola"
aunque sea, "buenas tardes, señorita, cómo le va?"
(Micaela saca un billete y
se lo muestra a la Mujer. )
MICAELA: Esto es para usted.
(La Mujer toma rápidamente el
billete, se lo guarda entre las ropas y se pone a mirar a la distancia sin
hablar.)
MICAELA: ¿Y? Oiga, ¿no me va a hablar? ¿Sabe,
por lo menos, de lo que le estoy hablando? Ya, pues, señora, yo sé que usted
sabe.
CATALINA: Por favor.
MICAELA: ¡Señora!
MUJER: Entindiquichu manachu.
MICAELA: ¿Qué dice? ¿Es una contraseña?
MUJER: Entindiquichu manachu.
CATALINA: ¿Qué piensas hacer ahora?
MICAELA: Ya, no se moleste.
MUJER: ¡Entindiquichu manachu!
(Algo asustada, Micaela se
levanta y deja a la Mujer.
La música suena nuevamente y el Muchacho hace como si tocara
la guitarra.)
MICAELA: No es que me pase todo el día
correteando mendigos. No te preocupes. Es sólo de vez en cuando, cuando me
cruzo con uno o lo veo al otro lado de la calle. Ahí viene la loca, dirán. A
veces, le tengo que decir a Tito que vaya. Pobre. Tienes que verlo; es
timidísimo. Él es un pollo hervido de lo blanco que es y se pone camarón
camarón cuando les habla; se le hace una pepa en la garganta que provoca decir:
cúbranse, cúbranse, cuerpo a tierra que ahorita se destrozan los vidrios. A
propósito, mil gracias por la respuesta a lo que te pregunté sobre la plata.
Qué increíble, ¿no? En esta época tan así, gente que no quiera ser dueña de
nada; así, de nada de nada, sin peros que valgan, que sólo mendiguen, que boten
la plata al final del día. Ya quisiera yo una convicción así, prestada, por un
fin de semana aunque sea.
MUCHACHO (haciendo fonomímica): Si preguntan, no
hablo;
si persisten, digo no.
Siempre me guardo todo,
yo mendicante soy.
Un mendrugo de amor.
MICAELA: Post data: A mí también me gusta
Akatanka.
MUCHACHO (haciendo fonomímica): Dueño de la
pureza,
amigo de Salvador,
libre de las cadenas,
yo mendicante soy.
Un mendrugo de amor.
MICAELA: Aquí he encontrado que mi papá tenía un
disco.
HOMBRE: Aplausos para Adorizzio.
(La canción termina. El
Muchacho agradece con venias unos aplausos grabados. Catalina, el Hombre y el
Muchacho se sientan en una suerte de semicírculo de cara al público. El Hombre
saca unas tarjetas con anotaciones de su bolsillo.)
HOMBRE: Nuestra invitada esta noche es la
doctora Catalina Wharton, antropóloga peruana y, como muchos ya deben saber...
CATALINA: Campana.
HOMBRE: ¿Perdón?
CATALINA: Mi nombre es Catalina Campana.
HOMBRE: Ah, disculpe. Estamos con la doctora
Catalina Campana, antropóloga peruana, y, como ya sabrán algunos, autora del
libro "Mendiants" en que nos habla del surgimiento y desarrollo de
una herejía fundamentalista en su país. Bienvenida.
CATALINA: Gracias.
HOMBRE: Empecemos con una duda que no me ha
dejado en paz, doctora Campana. En su libro usted sostiene que los mendicantes
forman una secta secreta. ¿Cómo, entonces, obtuvo tanta información sobre
ellos? ¿Cómo los descubrió?
CATALINA: Ah, es que usted no ha leído la introducción...
HOMBRE: La verdad... El tiempo... No pude...
CATALINA: Ahí explico cómo el primer contacto
con Matías fue puramente casual. Yo era estudiante y, como parte de un curso,
hacía encuestas sobre las diversas manifestaciones de creencias cristianas en
la capital de mi país. Un buen día, hablando con un mendigo, hice, por pura
casualidad, un gesto con la mano que resultó ser parte de un código de
reconocimiento que tienen, secreto.
HOMBRE: No me diga.
CATALINA: Dos o tres frases que intercambié con
Matías me hicieron sospechar que había algo detrás, que había mucho.
HOMBRE: ¿Ése fue el mendigo que le contó todo?
CATALINA: Al principio, no. Hablar iba contra
una línea fundamental de sus convicciones y principios. Fue muy difícil
convencer a Matías de que mis intenciones eran inocentes, buenas.
MUCHACHO: Muy buenas, sí.
HOMBRE: Matías. Entonces, así se llama el mendigo.
CATALINA: Como explico en el libro,
"Matías" es el nombre ficticio que le he dado mi informante para
ocultar su identidad y, en cierta forma, para protegerlo. Lo habrá leído en el
libro.
HOMBRE: Sí, sí, ya recuerdo. Si me permite,
doctora: una pregunta algo indiscreta. Ese gesto con la mano del que nos habla,
¿cómo es? ¿Se puede saber?
CATALINA: No lo puedo decir. Es parte del
acuerdo que tengo con Matías. Sólo yo sé quién es. Yo lo veo con regularidad;
voy a Lima dos veces por año, más o menos.
HOMBRE: ¿Cuántos mendicantes hay? ¿Se sabe eso?
¿Se puede calcular?
CATALINA: El carácter clandestino de la secta
hace muy difícil precisar su número. Pero un estimado bastante libre nos ha
dado la cifra de entre ochocientos y mil sectarios, sólo en Lima. Se sabe que
su número va en aumento.
HOMBRE: Pero, antes de nuestra primera pausa,
doctora... ¿Alguna vez fue a sus reuniones rituales? ¿Cómo celebran sus ritos?
Leí que parte de las ceremonias es la destrucción del dinero, que hablan en
idioma nativo entre sí... Cuéntenos un poco del proceso de descubrimiento.
CATALINA: Al principio, cuando lo conocí y
tuvimos nuestros primeros intercambios, pensé seriamente que Matías se estaba
burlando de mí; peor aun, pensé que se trataba de un mendigo común y corriente
que respondía cualquier cosa para satisfacer mi curiosidad, pues mis preguntas
lo guiaban a contestar lo que yo quería escuchar. Pero después, fue una cosa
increíble; me fui dando cuenta de que todas sus declaraciones respondían a un
sistema ideológico coherente. Todo respondía a una concepción histórica y
filosófica complejísima y perfectamente estructurada que de ninguna manera
podía ser el resultado de la improvisación de un mendigo. Para mí, fue fulminante.
MUCHACHO: Y ahí empezó la traición.
CATALINA: ¿Perdón? ¿Qué dice?
MUCHACHO: Hable usted primero. Ya tendré mi
oportunidad.
HOMBRE: Creo que este es un buen momento para ir
a comerciales. Volvemos con más preguntas para la doctora Wharton.
(Catalina, el Hombre y el
Muchacho se levantan. Micaela se acerca al Hombre.)
HOMBRE: ¿Campana?
MICAELA: La doctora Campana. ¿No se acuerda?
HOMBRE: ¿Campana?
MICAELA: Cómo no se va a acordar, profesor. Fue
su alumna aquí hace un montón de años.
HOMBRE: Campana, Campana... Talán... Talán...
MICAELA: Los mendicantes. ¿Se acuerda?
HOMBRE: ¿Mendicantes? ¡Ah, pues, Cata! Claro.
Claro que me acuerdo. Me dices "Campana" y a mí ni me suena. Cata;
por supuesto que me acuerdo. ¿Tú eres su amiga? ¿Cómo está Cata?
MICAELA: Muy bien. Ahorita está de en Niza. Qué
envidia, ¿no?
HOMBRE: No le vayas a decir que me olvidé su
apellido.
MICAELA: No se preocupe. Me dicen que fue aquí,
en un curso suyo, que la doctora empezó a estudiar la secta.
HOMBRE: ¡Esa Cata! Me acuerdo porque, en esa
época, era raro que chicas tan simpáticas se interesaran por las ciencias
sociales. Debe haber sido de las más simpáticas de las que han pasado por aquí.
¡Esa Cata!
MICAELA: ¿Y cómo fue que la doctora...
HOMBRE: Miento, miento. Rosa María, la amiga de
Cata, estaba simpática también. Si me preguntas, no sabría qué decirte. Eran
distintos tipos de encanto. Cata era más fina, calladita. Cómo explicarte...
Esa Rosa María hablaba hasta por los codos; eso resta un poco de encanto, ¿no?
MICAELA: ¿Y se acuerda cómo fue que la doctora
le habló de los mendicantes por primera vez? ¿Cómo le dio la noticia? Debe
haber sido un notición, ¿no?
HOMBRE: No, no fue nada muy espectacular. Cata
era una chica muy tímida, calladita, casi no se sentía cuando pasaba a tu
costado; salvo por ese perfume que se ponía...
MICAELA: ¿Y cómo así se enteró usted de los
mendicantes?
HOMBRE: Un día me encuentro en mi escritorio un
trabajo que Cata había preparado para salvar un curso; fue en una época en que
no sé qué le pasaba. Me lo había dejado después de clase sin decirme nada. Yo
me quedé patas arriba con la noticia de esta secta. Ahí mismo la hice llamar,
le pedí que preparara otro trabajo, algo más amplio; casi la tuve que amenazar
con jalarla. La pobre Cata no tenía ni idea de lo que tenía en las manos.
MICAELA: ¿Tiene todavía ese trabajo? ¿De qué
trataba?
HOMBRE: Como te digo, como trabajo, no era gran
cosa. Era un informe cortito donde listaba las razones que los Cristianos de
Lima daban para practicar la pobreza absoluta; lo de la corrupción del alma y
esas cosas, el dinero como el vicio mayor, nada muy nuevo. ¡Esa Cata! ¿No te ha
contado de mí? ¿Qué te dijo?
MICAELA: No, no. Un poco. Es que está ocupadísima.
HOMBRE: Yo fui el que la animó a seguir con el
asunto. Tuve que darle un buen café para que se despertara. Yo le dije que
tomara ese tema para su tesis; me ofrecí como asesor. No quería la Cata ; estaba con un montón de
problemas por su lado y no tenía idea del bombazo que tenía en las manos. Le
dije que escribiera sobre los Cristianos de Lima o la amenacé ya no me acuerdo
con qué. Espero que, ahora que está en los brazos de la fama, no se olvide de
su mentor. No como otras que terminan la carrera y no vuelven a hablarle a uno.
Uno se las cruza en la calle y ni saludan.
MICAELA: ¿Y de qué escribió su tesis finalmente?
HOMBRE: ¿Quién?
MICAELA: La doctora Campana.
HOMBRE: ¿Campana? Ah, sí. La tesis abordaba más
bien lo del carácter secreto de la secta, de por qué optaban por la
clandestinidad; lo de Dioclesiano y esas cosas.
MICAELA: Constantino.
HOMBRE: Cierto, cierto; Constantino. ¿Tú has leído
su libro?
MICAELA: Sí, claro, por supuesto. Tres veces.
HOMBRE: ¡Tres veces! Mírenla, pues. Oye, tienes
el pelo muy bonito.
MICAELA: ¿Qué? Ah, gracias.
HOMBRE: ¡Estos Cristianos de Lima! Qué tales
locos, ¿no?
MICAELA: Es su forma de vida.
HOMBRE: Qué tal vida, ¿no?
MICAELA: ¿Usted los ha visto, profesor? ¿Llegó a
conocer a Matías alguna vez?
HOMBRE: ¿A quién?
MICAELA: A Matías, su informante. ¿Alguna vez se
lo presentó?
HOMBRE: ¿Cata?
MICAELA: Sí.
HOMBRE: No, no, nunca. Y yo ni se lo pedí.
Fíjate... ¿Cómo me dijiste que te llamabas?
MICAELA: Micaela Valle Riestra.
HOMBRE: Fíjate, Mica, nosotros aquí muchas veces
trabajamos con personas y grupos que viven al margen de la ley. Tenemos que
tener mucho cuidado, muchísima discreción, acerca de nuestros contactos; una
especie de secreto profesional. Si no, nadie confiaría, ¿no?
MICAELA: Sí, claro, entiendo. Un gran favor,
profesor: ¿por casualidad usted sabe dónde podría conseguir el cassette del
perro muerto? ¿El de la doctora? ¿De Cata?
HOMBRE: Cata...
MICAELA: ¿Profesor?... ¿Me puede decir cómo
conseguir la grabación?... ¿Profesor?... ¿Le pasa algo?... ¿Cree que yo pueda
escuchar el cassette? ¿El del perro?... ¡Profesor!
HOMBRE: Definitivamente.
MICAELA: ¿Dónde?
HOMBRE: Cata.
MICAELA: ¿Qué dice?
HOMBRE: Cata estaba mejor que Rosa María.
Definitivamente.
(El Hombre se pone a buscar
entre la basura y encuentra un cassette.)
CATALINA: Querida Micaelita: Adjunto a la
presente tres artículos que escribí hace ya algunos años: "La Gran Corrupción de
los Fieles", "Constantino o los canales de la ira" y "Nueva
Babilonia". Son trabajos que preparé al terminar mi tesis de Bachiller y
que nunca publiqué a raíz de lo del perro muerto. No fue por miedo. Lo que pasó
fue que, después de escuchar la grabación, decidí suspender todo lo que estaba
haciendo. Estaba en un ritmo aceleradísimo y necesitaba pensar en muchas cosas.
La grabación me ayudó a reflexionar sobre muchas cosas que, por la novedad,
había pasado por alto. Es más, yo estaba encantadísima con que los mendicantes
se estuvieran comunicando conmigo, aunque fuera de una forma, digamos, algo
cruda. Así que tienes en tus manos tres artículos que sólo tú y unos pocos
conocen. Bueno, me voy a aprovechar los últimos días de vacaciones que me
quedan. Un besote.
HOMBRE (mirando el cassette): Creo que éste es.
CATALINA: Post data: Espero que no sigas
acosando a los mendigos con tus preguntas. Primero: así no vas a conseguir
nada. Segundo: eso los molesta como no tienes idea. Otro beso.
HOMBRE: Sí, éste es.
MICAELA: ¿Me lo podría prestar para hacer una
copia?
HOMBRE: No, no, no; está prohibido.
MICAELA: Por favor.
HOMBRE: Esta cinta no puede salir de la
universidad. No se puede hacer copias. ¿Te acuerdas lo que te dije sobre la
discreción? Está prohibido. Pero, mira, si no le dices a nadie, la puedes
escuchar aquí si quieres. Pero no le digas a nadie, por favor.
MICAELA: No, es que aquí no puedo.
HOMBRE: ¿Por qué?
MICAELA: Es que quiero escuchar la grabación con
tranquilidad. Aquí no puedo. Por favor, profesor; es sólo por hoy día. Le juro
que le devuelvo el cassette intacto.
HOMBRE: No se puede. Pero tómate tu tiempo.
Escúchalo aquí. Aquí no entra nadie. Si quieres, puedes transcribir lo que quieras.
MICAELA: Profesor...
HOMBRE: Yo tengo que terminar de corregir
algunas cosas. Desde aquí te miro. Si quieres, ahí tienes papel.
MICAELA: Profesor...
HOMBRE: ¿Cuál es el problema? ¿No quieres estar
en mi oficina? Yo no muerdo.
MICAELA: No es eso... Es que... Es diferente...
Yo... Ni sé cómo explicarle para que me entienda... No es lo mismo...
HOMBRE: A ver, marca de nuevo.
MICAELA: Quiero, necesito, escuchar la voz de un
mendicante. No es tanto lo que dice; eso lo puedo leer diez mil veces. Es la
voz. Necesito, tengo que oírla con tranquilidad.
HOMBRE: Pero aquí está tranquilo. ¿Dónde lo vas
a escuchar si no?
MICAELA: No sé. De noche. Tirada en mi cama. Con
los ojos cerrados. Sin ropa. Completamente sola. Usted creerá que estoy loca,
¿no? Pero quiero imaginarme que un mendicante me habla. A mí. Sólo a mí. Y
saborearlo con todo el cuerpo, poca a poco, sin apuro. No se moleste, pero aquí
no puedo. Ésta está loca de remate, dirá usted, ¿no?
HOMBRE: Tirada en tu cama...
MICAELA: En mi cama o en la alfombra. ¿Me
entiende? Donde me sienta más cómoda.
HOMBRE: Pero son las reglas de la universidad.
¿Qué pasa si alguien se entera?
MICAELA: Le juro por mi santísima madre que no
se lo digo a nadie. Lo grabo y se lo devuelvo hoy mismo. Si quiere, se lo llevo
a donde usted me diga. ¿Me entiende? Nadie se va a enterar; se lo juro.
HOMBRE: No sé...
MICAELA: ¿Entonces? ¿Me la presta?
HOMBRE: Depende.
MICAELA: ¿De qué?
(El Hombre extiende el
cassette y éste es tomado por el Muchacho.)
MUCHACHO: Los Cristianos de Lima, testigos del
dolor, haciendo propia la voluntad suprema, a la hermana Catalina. La amistad con
Salvador te alcance y sea tuya, por su intermedio, la pureza de tu alma. Al
tener noticias, al parecer verdaderas, de tu curiosidad por nosotros y la
espiritualidad suprema que nos ilumina, llenos de preocupación, nos dirigimos a
ti para rogarte que dejes de buscarnos. Sabemos que uno de nuestros hermanos
corrompe su alma al darte información. No sabemos quién es ni queremos saberlo.
Al punto, lo perdonamos por la sangre de Salvador. Pero a ti, hermana, te
exhortamos a que no hagas tropezar más a nuestro hermano; más te valdría
amarrarte una piedra al cuello y arrojarte al mar. Tenemos noticia de tu
entendimiento. Sabemos que comprendes las razones que nos obligan, por voluntad
suprema, a movernos en las sombras. Te pedimos respeto. Pues bien sabes que, en
otros tiempos, los llamados cristianos, que no lo eran, salieron de sus
laberintos subterráneos, se movieron a la luz del día, y el sol los corrompió,
los secó y los redujo a la nada. Hoy, los Cristianos de Lima, testigos del
dolor del mundo, hemos vuelto a la oscuridad en busca de la pureza que precedió
a la Gran Corrupción
de los Fieles. Te exhortamos, pues, Catalina, hermana, a que no nos hagas salir
otra vez al mundo hediondo, como lo hiciera, en otros tiempos, con nuestros
padres, Constantino, ese perro muerto que ahora arde sin paz en los infiernos.
(Catalina, el Hombre y el
Muchacho se sientan en semicírculo de cara al público. El Hombre tiene las
tarjetas con anotaciones en la mano.)
HOMBRE: Tengo entendido, doctora Campana, que
usted recibió una amenaza de los mendicantes.
CATALINA: Yo no lo llamaría una amenaza. Fue una
petición, más bien; una exhortación amistosa.
MUCHACHO: Eso es lo que usted cree...
CATALINA: ¿Perdón?
HOMBRE: Lo que el caballero quiere decir, me
parece, si no me equivoco, es que esa supuesta petición llegó acompañada del
cadáver de un perro.
MUCHACHO: No, no me refería a eso.
HOMBRE: Bueno, pero a lo que yo me refiero es a
que un perro muerto es una amenaza en Toulouse, en Lima o en Indochina; no es
precisamente una señal amistosa.
CATALINA: En eso tiene razón. Pero lo invito a
escuchar el mensaje o a leer la trascripción en el segundo apéndice del libro.
¿Lo ha leído?
HOMBRE: La verdad... Me avisaron ayer...
CATALINA: Verá que se trata de un mensaje en un
tono pacífico y conciliador; no es una amenaza. Ahora, al principio, le admito
que sí me causó cierta inquietud. Es cierto que abandoné mis estudios por
varios meses.
HOMBRE: ¿Qué la hizo retomarlos?
CATALINA: Dos cosas. Primero, me di cuenta de
que los mendicantes eran incapaces de ejercer violencia. Todo su odio y toda su
furia están concentrados hacia la figura de Constantino. Al hacerlo culpable
de, prácticamente, todos los males existentes, se vuelven inofensivos para el resto
de la humanidad.
MUCHACHO: ¿Y en segundo lugar?
CATALINA: ¿Perdón?
HOMBRE: Es que dijo que tuvo dos razones por las
cuales...
CATALINA: Sí, sí. En segundo lugar, me llegó una
oferta para hacer el doctorado aquí. La beca incluía el pago de todos los
gastos que tuviera mientras escribía el libro.
MUCHACHO: Ah, con razón, pues.
CATALINA: Oiga usted, por favor, deje de estar
murmurando insinuaciones. Si quiere decir algo, dígalo ya.
MUCHACHO: Por supuesto que lo voy a decir.
CATALINA: ¿Qué es lo que tanto quiere decir?
HOMBRE: No nos exaltemos, por favor. Vamos a
tratar de mantener el nivel de la discusión. Sabíamos que iba a haber algunos
desacuerdos, lo que justamente nos parece saludable...
MUCHACHO: ¿Puedo hablar ahora?
CATALINA: Hable, pues. Diga lo que tenga que
decir.
HOMBRE: Por favor...
MUCHACHO: Yo he venido a decir que lo que la
doctora Campana ha hecho y sigue haciendo con los mendicantes es la falta de
respeto más flagrante que pueda cometer un investigador.
CATALINA: ¿Falta de respeto? ¿Por qué?
MUCHACHO: Porque con el pretexto de colaborar
con la difusión del conocimiento, no es ético traicionar a la gente que confía
en nosotros. Eso no es excusa.
CATALINA: Yo no he traicionado a nadie.
MUCHACHO: ¿No?
CATALINA: No.
MUCHACHO: Traicionó a los mendicantes, traicionó
a su informante, traicionó a gente humilde, indefensa e inofensiva. Ellos
quieren permanecer invisibles. Qué derecho tiene usted para sacarlos a la luz.
Quién se cree usted para...
CATALINA: Así no es la cosa. Está tergiversando
todo.
HOMBRE: Por favor, vamos a tratar...
MUCHACHO: Déjenme hablar ahora a mí. Ella ya
habló. Déjenme terminar.
CATALINA: Es que usted no entiende nada.
MUCHACHO: Entiendo perfectamente lo que hay que
entender. Una persona le confió a usted un secreto y usted lo reveló, sin
escrúpulos, lo reveló; lo traicionó. Yo sí he leído la introducción de su
libro.
HOMBRE: Por favor...
MUCHACHO: Usted sabía que su informante era
incapaz de defenderse y lo traicionó. ¿Para qué? ¿Para dar a conocer formas
alternas de pensamiento? No. Para que le den su beca. Lo acaba de confesar.
HOMBRE: Sin gritar, por favor.
CATALINA: Matías sabía, desde el principio, que
yo iba a hacer público lo que él me dijera; desde el principio, tuve su autorización.
MUCHACHO: ¡Matías! ¿Y por qué no le puso mejor
"Judas"?
CATALINA: No insulte. No le permito...
MUCHACHO: ¿Qué hizo para convencerlo? ¿Cuántas monedas
le ofreció?
CATALINA: Cómo se nota su ignorancia. A los
mendicantes no les interesa el dinero; sobreviven con lo poco que consiguen de
la mendicidad. Aborrecen el dinero.
HOMBRE: ¿Es cierto, doctora, que queman los
billetes al final del día? ¿Qué las monedas son arrojadas al mar?
CATALINA: Sí, lo que podido comprobar. Se trata
de un ritual realizado siempre en el crepúsculo; muy sutil, pero impactante si
uno sabe...
MUCHACHO: Oigan, no me cambien el tema, por
favor. Me invitaron aquí a hacer preguntas. Y le he preguntado a la doctora, y
quiero que me responda, sin volverse a ir por las ramas, con qué derecho saca a
los mendicantes a la luz pública. Ellos le han pedido, le han suplicado, que no
lo haga. Quiero que me responda quién le dio el derecho.
CATALINA: Y quién le dio el derecho a usted para
juzgarme a mí sin conocerme.
MUCHACHO: Me baso en factores objetivos.
CATALINA: Usted no sabe, por ejemplo, que todas
esas preguntas que usted me hace, como si fueran la gran novedad, ya me las he
hecho yo misma en su momento, que yo misma he reflexionado sobre el tema.
MUCHACHO: ¿Ah, sí?
CATALINA: Sí.
HOMBRE: Bueno, señores...
CATALINA: Además, por casualidad, ¿alguna vez ha
ido a Lima usted?
MUCHACHO: No, a Lima, no.
CATALINA: Con qué derecho habla, entonces, de lo
que no sabe ni conoce. Usted vive aquí, flotando en su nube de ideas, y lanza
sus rayos a ver si le caen a alguien de cuando en cuando. Por eso le pagan,
¿no? De eso vive.
HOMBRE: Creo que ése no es nuestro tema.
MUCHACHO: Déjeme responder. En primer lugar,
aunque esto le parezca sorprendente, que no conozca Lima no quiere decir que no
pueda pensar. Además, yo he estado en México y Guatemala.
CATALINA: ¿Y qué?
MUCHACHO: Me está cambiando el tema. Se me está
yendo por las ramas para no responderme. Parece que ése es su sistema.
HOMBRE: Bueno, amigos, este programa promete
estar de lo más entretenido.
CATALINA: Vaya a Lima, por lo menos; entérese de
las cosas que habla...
HOMBRE: No se vayan. Volvemos pronto.
(El Muchacho se levanta y
toma el cassette.)
CATALINA: Vaya y entérese de lo que pase. Baje
de su nube para ver si así se le despeja la cabeza. Viva allá unos meses, unas
semanas, por menos...
HOMBRE: Volvemos.
MUCHACHO: ... porque nuestra ciudad está sucia,
corrupta hasta sus tuétanos, inmersa en la descomposición que ella misma supura
cada día. Roma fue la nueva Babilonia; Lima es la nueva Roma que, de una manera
más astuta y sutil que su madre, persigue, tortura y corrompe las almas de los fieles,
Cristianos de Lima, testigos del dolor. Sal a la calle, hermana, sal un día
cualquiera y mira alrededor. Abre los ojos y verás como, comprando lo que
venden los mercaderes, Lima ha perdido el brillo de sus dientes y se avergüenza
de sonreír. Detente, mira y verás una materia amarilla chorreando del ojo de un
perro muerto; he aquí Lima. El dinero ha vencido y se ha hecho coronar
emperador, único y celoso. El dinero y su leal concubina, la violencia,
gobiernan nuestras calles; persiguen, torturan y corrompen lo que tocan;
pretenden dar muerte a los testigos del dolor que deseamos la amistad con
Salvador. Sólo nosotros podemos verlo. Abre tus ojos, Catalina, hermana. El
mundo se pudre y no lo sabe. El culpable es Constantino, ese perro muerto que
ahora se retuerce de dolor en los infiernos. No te conviertas en su cómplice.
No quieras más sacarnos al mundo de los esclavos del oro y de la espada.
CATALINA: Te pedí que no siguieras fastidiando a
los mendigos. Te lo pedí de buenas maneras, varias veces. Y ahora me vengo a
enterar de que no sólo sigues importunando a esa pobre gente con tus preguntas
sino que te has dedicado a acosar a mis amigos y hasta a mis profesores. ¿Qué
te pasa, Micaela?
MICAELA: Por favor, no te molestes. Entiéndeme.
Escúchame primero.
CATALINA: No nos conocemos personalmente, pero
tenía esta idea loca de que nos habíamos hecho amigas; no sé por qué pensé eso.
MICAELA: Entiéndeme, por favor. Ahora necesito
saber más por mi cuenta. Necesito caminar sola. Ya no puedo regresar. No te
molestes, pero, en verdad, tú ya me diste todo lo que me podías dar. Claro que
somos amigas, pero, por favor, por esa misma amistad, ahora déjame caminar
sola.
CATALINA: Si quieres saber algo de mí, si te es
tan indispensable saber de mi vida privada, pregúntamelo a mí directamente.
MICAELA: Ya sé que tú nunca me vas a decir cómo
encontrar a Matías.
CATALINA: ¿Acaso crees que siento alguna
especial fascinación en jugar contigo?
MICAELA: Tampoco me vas a soltar nada de la
contraseña; ya sé.
CATALINA: Micaela, si te pido algo, es por una
razón.
MICAELA: Tampoco soy bruta; no te estoy pidiendo
que me digas nada de eso. Entiendo que no puedes ir, feliz de la vida,
contándole las cosas de los mendicantes a cualquier equis. Pero, por lo menos,
déjame buscar a mí por mi cuenta.
CATALINA: Tus preguntas, tu acoso impertinente,
les molesta muchísimo. Claro, a ti, la niñita egoísta y engreída, eso qué te
puede importar.
MICAELA: No es justo, Catalina, no es justo que
me prohíbas eso.
CATALINA: No sabes en lo que te estás metiendo.
Esto no es un juego.
MICAELA: Tú eres la que no sabe lo que yo podría
hacer por hablar con un solo mendicante, una palabra, un gesto, con uno solo,
para abrazarlo y decirle cómo lo quiero y cómo los quiero a todos ellos, para
que todos ellos sepan cuánto les agradezco que estén ahí, aunque no me hablen,
que existan en un mundo de mierda como éste.
CATALINA: Última vez que te lo digo, Micaela. No
preguntes más.
MICAELA: Ninguno me quiere responder, Catalina.
Ya no sé qué más hacer. Todas las noches me la paso rebotando en mi cama por la
angustia. A veces, pienso que les hablo. Y me contestan pero me doy cuenta de
que no les entiendo ni una palabra. Me imagino que hay mendicantes por todos
lados. Todos caminan por una ciudad que parece que la hubieran bombardeado,
oscura, llena de humo; miles. Conversan entre ellos. Todos están felices y se
ríen de mí. Hasta Tito es un mendicante. Me pongo de rodillas y le suplico que
me explique qué está pasando, qué pasó con Lima. El pobre no me puede
contestar; se nota que quiere pero sólo habla ese idioma rarísimo que todos
entienden menos yo. Yo siento que me muero de la vergüenza y no sé por qué. Mis
papás también son mendicantes, mis amigas del colegio. Todos están vestidos con
unos trapos sucios; y yo, la única idiota con ropas nuevecitas. Me arranco la
ropa, trato de romperla, me arrastro por el suelo para embarrarla, pero me
queda igualita. Todos se ríen. Mis amigos de Punta Hermosa. Yo sé que se burlan
a mis espaldas. Se callan apenas los miro, pero los vuelvo a escuchar que
cuchichean apenas les doy la espalda. A veces, corro pero es por gusto; la
ciudad nunca termina y todo es igualito. No, es peor, porque mientras más
corro, más los escucho que cuchichean y se ríen. Me despierto gritando, empapada
hasta los pies. Toda la mañana en el colegio, ya no sé qué cosas son de verdad
y cuáles pasaron en un sueño. En las tardes, Tito cree que ya no lo quiero ver;
el pobre. Pero es que ya no aguanto ver a nadie. No es justo, Catalina. No me
puedes amarrar ahora, es muy tarde; ya no puedo quedarme sentada como una
planta. Ni hablar.
CATALINA: Como amiga, te recomiendo que te
olvides de los mendicantes, Micaela. No estoy molesta, te lo juro; pero estoy
muy preocupada. Más bien, piensa en tu carrera, prepárate para la universidad;
haz planes con Tito. No te prohíbo nada; te lo aconsejo como amiga. En unos
meses voy a Lima, en diciembre. Entonces, tal vez, podamos conversar.
(Micaela y el Muchacho se
acercan a donde está el perro muerto. Micaela lo señala complacida, mientras el
Muchacho lo mira aterrorizado.)
MUCHACHO: ¡Puta madre!
MICAELA: ¿Qué te parece?
MUCHACHO: Puta madre.
MICAELA: ¡A mí! A mí, Tito. Me lo dejaron a mí.
¿Te das cuenta? ¡Los encontré!
MUCHACHO: ¿Cuándo lo dejaron?
MICAELA: Lo encontré cuando salía esta mañana.
Lo habrán dejado anoche supongo. Menos mal mis papás están en Punta Hermosa.
¿Te imaginas a mi mamá encontrándose esto? ¿O a mi papá?
MUCHACHO: Pobre animal. ¿Lo tocaste? ¿Te lavaste
las manos?
MICAELA: Ven, Tito, dame un beso. Perdóname
todo, Tito, ¿ya? ¿Me perdonas? Me he portado mal contigo. ¿Me perdonas?
MUCHACHO: ¿Te lavaste las manos?
MICAELA: Sí, Tito, sí.
MUCHACHO: ¿Bien? ¿Con jabón?
MICAELA: Sí, Tito, con jabón.
MUCHACHO: ¿Y no te dejaron una carta o algo? ¿Un
cassette?
MICAELA: ¡Qué bruta! Me quedé tan idiota que
salí corriendo a llamarte.
(Micaela se pone a buscar
algo en el perro muerto. Encuentra un cartón en el que dice "Constantino".)
MUCHACHO: Pobre animal. ¿Y ahora qué vas a
hacer? Oye, ¿no estarán por aquí todavía?
MICAELA: Sólo dejaron esto.
MUCHACHO: Escucha, Micaela. No te muevas mucho.
No hagas movimientos violentos. Nos deben estar mirando ahorita. Lentamente,
muy despacio, vamos a entrar a la casa. Cuando yo te diga.
MICAELA: No seas sonso. Ya se deben haber ido
hace rato.
MUCHACHO: Uno de ésos debe ser. Nos están
mirando; te apuesto. No hagas nada que llame la atención.
MICAELA: Tranquilo, Tito. ¿Acaso ves algún
mendigo?
MUCHACHO: ¿Y si se han disfrazado?
MICAELA: Deja de hablar sonseras, por favor.
Déjame pensar. ¿Cuál es el siguiente paso?
MUCHACHO: ¿Qué dice el cartón ese?
MICAELA: "Constantino". Por lo menos,
ya sabemos cómo se llamaba el perro.
MUCHACHO: Lo que sabemos es lo que quieren.
MICAELA: Debe haber alguna carta, un cassette,
una notita aunque sea.
MUCHACHO: Micaela, por favor, no estés tocando a
ese animal. Ahora vas a tener que lavarte con jabón otra vez. Por favor,
escucha. Haz como si la cosa no fuera contigo. Hazte la loca, la que no
entiende por qué le dejaron el perro. ¡Escucha, Micaela! Te he dicho que no lo
toques; te puede dar una infección.
MICAELA: Oye, ¿no se habrán robado el cassette?
MUCHACHO: ¡Olvídate del cassette de mierda! Los
tipos esos lo que quieren es que te dejes de estar fastidia que te fastidia.
Déjalos en paz. Respétalos, por dios. Ya saben dónde vives. Ya te conocen. Ya
me conocen a mí. ¡No nos hagan nada! ¡Por favor! ¡Los vamos a dejar en paz!
¡Por dios!
MICAELA: Cállate, oye. ¿Te volviste loco?
MUCHACHO: Ya. Ahora, tú.
MICAELA: ¿Yo qué?
MUCHACHO: Júrales que los vas a dejar en paz.
MICAELA: ¿Estás demente? ¿Qué quieres que piense
la gente?
MUCHACHO: ¿Y qué quieres tú, ah? ¿Qué te hagan
un daño? ¿Qué te corten? ¿Qué te rompan un hueso? ¿Qué te marquen la cara?
¿Quieres que me partan una pierna a mí? ¿Qué me cuelguen de los huevos?
MICAELA: Estás viendo muchas películas, tú, oye.
MUCHACHO: ¿Quieres que te pongan un coche-bomba
o algo? Esos tipos deben haber envenenado o estrangulado a este pobre perrito y
tú estás ahí manoseándolo como si fuera tu Barbie. Puta madre.
MICAELA: A Catalina no le hicieron nada.
MUCHACHO (remedándola): A Catalina no le
hicieron nada. A Catalina le pusieron un cassette, a Catalina le habla
Matías...
MICAELA: No entiendes nada, Tito. No me conoces
nada.
MUCHACHO: ¿Has llamado a la policía?
MICAELA: No.
MUCHACHO: ¿A tus papás?
MICAELA: Menos.
MUCHACHO: ¿Y les vas a decir o no?
MICAELA: No, Tito, no. No sé. ¿Por qué no
quieren hablar conmigo? Yo no les voy a hacer daño; al contrario. Yo no los voy
a descubrir como Catalina...
MUCHACHO: Sí te entiendo, Micaelita. Te juro que
te entiendo.
MICAELA: ¿Por qué ni siquiera me han dejado una
notita? Ni siquiera saben cómo me llamo, te apuesto.
MUCHACHO: ¿Por qué no entramos a la casa,
Micaela? Vamos a conversar. Entiendo cómo te sientes.
MICAELA: Tito, ¿tú qué crees? ¿Cuándo habré hecho
el contacto?
MUCHACHO: Cuándo habrá sido; con todos los
mendigos con los que has hablado. Habrá sido el de anoche, el que, según tú,
dijo "maldito Constantino"; la verdad es que yo no lo escuché.
MICAELA: No creo; ése estaba más corrupto que
nosotros. ¿Ves? Eso me pasa por bruta, por no organizarme. Vamos a hacer un
registro de todos los mendigos con los que hemos hablado. Tú te debes acordar.
MUCHACHO: Qué me voy a acordar. Habrán sido como
cincuenta o cien.
MICAELA: Esto me pasa por bruta.
MUCHACHO: Sin contar a los otros amiguitos que
te has estado haciendo por ahí; el profesor ese...
MICAELA: Ah, sí. Javier, el profesor Zuloaga.
MUCHACHO: Y Rosa María, la amiga de Catalina, y
el novio de Catalina. ¿Cómo se llamaba?
MICAELA: Ese imbécil. Timoteo Suárez. Carajo,
nunca me voy a acordar de todos. Voy a tener que empezar de nuevo. Por bruta.
MUCHACHO: Micaela, por favor, piensa. Mira lo
que han hecho con el perrito. Pobrecito. ¿Quieres terminar así?
MICAELA: No te asustes. Eso es sólo para
demostrarle al mundo quién fue Constantino. Su ira está canalizada...
MUCHACHO: Están locos. Con esa gente no se puede
razonar. Deben tener el cerebro entumecido por la desnutrición; eso pasa.
MICAELA: Ah, no. No hables así de ellos. Eso sí
que no, por favor.
MUCHACHO: Date cuenta, por favor. Es gente
enferma.
MICAELA: Por favor, he dicho.
MUCHACHO: Mira al perro. Son unos criminales,
unas bestias.
MICAELA: ¡Cállate!
MUCHACHO: No grites. Te dije que no hagas
movimientos violentos.
MICAELA: Ay, Tito.
MUCHACHO: ¿De qué te ríes ahora? ¿Has pensado
qué vas a hacer?
MICAELA: Hay tantas cosas por hacer que ni sé
por dónde empezar.
MUCHACHO: Ni creas que te voy a ayudar.
MICAELA: Nadie te pidió tu ayuda. Además,
¿sabes, Tito? Creo que lo mejor es que ya no nos veamos más.
CATALINA: Recibí carta. Perro. Gravísimo
peligro. No preguntes más.
MICAELA: Señorita Campana: Me tendrá que
disculpar, pero ya no puedo seguir llamándola "Catalina"; usted ya no
es mi amiga. Y decirle "doctora" sería insultar a mucha gente que sí
merece que la llamen así. ¿Quiere ver la carta más triste del mundo? La tiene
usted en sus manos. Cómo pudo hacerme esto. Cómo pudo acuchillar por la espalda
a todos los que confiábamos en usted. Cómo pudo, señorita Campana.
CATALINA: ¿Qué piensas hacer ahora, Micaela? Por
lo menos, merezco saber eso. ¿Qué vas a hacer? Por favor. ¿Qué vas a hacer
ahora?
FIN DEL PRIMER ACTO
SEGUNDO ACTO
(Catalina está echada tomando sol. Micaela la observa. El Muchacho y la Mujer están sentados juntos; beben, de cuando en
cuando, de una botella y se besan. El Hombre está terminando de afinar la
guitarra.)
HOMBRE: A ver, buenas noches, buenas noches,
respetable público; a ver si me dan su atención, pues. Damas y caballeros,
buenas noches, respetable concurrencia a este su local, "Don Quique"...
MUCHACHO: ¡Bravo!
HOMBRE: Aplausos para don Quique.
MUCHACHO: ¡Bravo!
HOMBRE: Les damos nuevamente la bienvenida y
mucho nos satisface que se hayan quedado aquí con nosotros...
MUJER: ¿Dónde?
HOMBRE: Aquí, pues, en "Don Quique".
MUCHACHO: ¡Bravo!
MUJER: Éste es más huevón...
HOMBRE: Ahora, a ver si me dan su atención, les
voy a interpretar otro tema del desaparecido conjunto Akatanka. Algunos ya
mayorcitos lo recordarán. La canción se titula "Mi credo", y fue
compuesto y grabado hace ya cerca de veinte años. La canción tiene un
importante significado en la evolución del conjunto...
MUJER: ¡Puta! Con sermón venía el asunto.
HOMBRE: ... en ella, por primera vez, sus
integrantes tratan de transmitir un manifiesto de ideas, algo así como el
ideario de Akatanka...
MUCHACHO: Oye, ya canta, de una vez, pues, oye.
HOMBRE (tocando la guitarra y cantando): Que lo
diga el profesor que dicta griego;
que lo diga el guerrillero
que, después de la emboscada, no fue muerto;
que lo diga el sacerdote con el pan ya fermentado
entre los dedos;
que lo diga un general y lo repita mi sargento;
que lo digan tus maestros.
Pero nunca me esperé que tú también...
MUJER: Tanta vaina para esto.
HOMBRE: (tocando la guitarra y cantando): Y
jamás imaginé que tú también...
Ojalá yo llegue muerto a la noche de la vida;
ojalá yo llegue muerto al mediodía
en que me acueste con la noche y me levante con
el día,
que comprando lo que venden
pierda el blanco de mis dientes.
Pero nunca me esperé que tú también...
Y jamás imaginé que tú también...
(El Hombre deja de tocar y
hace como si conversara con la
Mujer que queda sentada mientras el Muchacho corre de un lado
a otro.)
MUCHACHO: ¿Y se puede saber quién eres tú?
MUJER: Yo era... Pero qué digo "yo
era"; yo soy la mejor amiga de Catalina. Y te aviso que, la próxima vez
que me vuelvas a decir "señora", te saco de mi casa. Dime "Rosa
María" no más. ¡Señora! Me haces sentir que fuera una vieja, tú.
HOMBRE: Disculpa. Es que estaba durmiendo. ¿Qué
hora es?
MUJER (al Muchacho): ¡Sebastián! Estate quieto,
por dios, hijo. Qué va a decir aquí la visita. Pero, pasa, pasa, por favor.
HOMBRE: ¿Y cómo se llama la revista esa?
MUJER: "Mendiants". Sí, algo me
contaron del asunto, pero te tengo que confesar que no lo he leído. Pero si lo
ha escrito Catalina, te aseguro, pongo mi mano al fuego por que vale la pena
leerlo. Nos conocemos desde el colegio; compañeras de carpeta éramos. Yo la
convencí de estudiar sociales. Ella quería ser administradora, imagínate.
HOMBRE: ¿Cuánto va a demorar?
MUJER: No sé. Pero, te repito, si Catalina ha
escrito el libro, te lo recomiendo a ciegas.
HOMBRE: ¿Pero a mí quién me va a conocer ahora?
¿Quién se va a acordar?
MUJER: Y no lo digo porque sea su mejor amiga,
no creas.
HOMBRE: ¿Por dónde empezamos?
MUJER: Todo el santo día juntas de arriba a
abajo. Deja eso, Sebastián. ¡Sebastián! Deja eso, mi amor. Vas a romper. Y
quédate tranquilo, hijo; me mareas. Con decirte que la gente nos decía
"las siamesas".
HOMBRE: "Adorizzio" es mi apellido
materno. Yo me llamo Timoteo Suárez Adorizzio. Y eso no sonaba muy de roquero.
Así que me quedé con lo de "Adorizzio", no más. Cojudeces que uno
hace de chiquillo.
MUJER: Hace tiempo que yo no estoy en esas
cosas. No te podría decir nada de informantes y mendicantes. Hace tiempo que no
me comunico con Catalina tampoco.
HOMBRE: ¡Cómo se te ocurre! ¿Acaso parezco un
mendicante? No te pases.
MUJER: Eso es para gente muy especial. La verdad
es que yo entré a sociales por un chico, nada más.
HOMBRE: A mí me interesó el tema. Eso fascina a
cualquiera. Leí un poco sobre el asunto y me pareció algo interesante, y
compuse unas cuantas canciones y nada más. Pero no, no soy un mendicante.
MUJER: Ella sí.
HOMBRE: Además, si lo fuera, no te lo diría,
¿no?
MUJER: Ella siguió de frente no más. Es una
mujer perseverante; lo que se propone lo consigue. Aunque últimamente te
contaré... No sé cómo ponerlo sin que suene...
HOMBRE: Pero siéntate, oye. Pasa; estás en tu
casa. Acomódalo donde quepa.
MUJER: Catalina es una excelente persona por
donde la mires. Lo que pasa es que últimamente se ha vuelto un poco, cómo te
digo, sobradita.
HOMBRE: Akatanka.
MUJER: ¡Mentira, mentira! No me hagas caso.
Catalina es admirable por donde la mires. Calladita pero, en el fondo, súper alegre.
HOMBRE: Tú no te debes acordar.
MUJER: Pero claro que me acuerdo. La música era
su gran pasión. Creo que su gran frustración fue no ser cantante o bajista.
Cómo le gustaba este grupo... ¿Cómo se llamaba?
HOMBRE: Fueron los mejores. Cambiaron toda la
noción del rock en castellano.
MUJER: En fin, no me acuerdo.
HOMBRE: Nos sacaron del subdesarrollo, y nuestro
subdesarrollo los mató.
MUJER: ¿Pero no quieres tomarte algo? ¿Un
cafecito? ¿Un té?
HOMBRE: Yo ya no estoy para esas cosas.
MUJER: ¿Un vinito?
HOMBRE: Hace años que no le entro a nada de eso.
Pero sí he pensado, algún día, ponerme las pilas y componer un par de
cancioncitas más; ahora que los mendicantes se hagan conocidos. Porque ahora ha
salido un libro en Francia.
MUJER: ¡Akatanka! Sí, Akatanka.
HOMBRE: ¿Lo conoces? La autora, la que lo
escribió, es mi mujer.
MUJER: Tenías que verla; perdía toda compostura.
HOMBRE: Hasta me ha mandado una copia del libro
para que lo revise. Por ahí lo debo tener. Pero yo no sé ni jota de francés. No
sé qué le pasa últimamente.
MUJER: Es que te juro que se transformaba.
Cambiaba por completo, se le desorbitaban los ojos cada vez que escuchaba al
grupo bendito ese. Nos tenía ya un poco hartos a todos con la misma música
todos el santo día.
HOMBRE: Oye, ¿pero tú has venido a hablar de
Catalina o de qué?
MUJER (al Muchacho): ¡Te dije! Te dije que ibas
a romper. Ahora te sientas y te quedas tranquilo. No te vayas a cortar.
HOMBRE: A cualquiera le puede pasar eso. Porque,
mira, yo, toda la vida, he escuchado a Akatanka; desde hace años. Incluso ahora
sigo cantando donde "Don Quique". ¿Lo conoces? Ahí canto los jueves.
Pon eso en la revista. Canto justamente canciones del grupo. Pero nunca me
había puesto a pensar que mis canciones tuvieran influencia. No sé. Puede ser.
Uno siempre está recibiendo estímulos y ni cuenta se da del impacto. Tengo por
aquí los tres discos que sacó el grupo. Después se disolvieron porque aquí
nadie los entendía. En verdad, son los discos de Catalina.
MUJER: Pero no es porque sea sobrada ni nada por
el estilo. Lo que pasa es que Catalina es bien tímida y no se suelta ni a
golpes si no está bien en confianza.
HOMBRE: Una vez, grabé un long-play. Por aquí lo
debo tener. Déjame enseñarte.
(El Hombre busca entre la
basura y encuentra la tapa de un disco.)
MUJER: Y, algunos creen, con toda razón, que no
habla de pura sobrada.
HOMBRE: Mira. Esto es una reliquia. "Nueva
Babilonia", "Un mendrugo de amor", "G. C. F." ¡Qué
tales épocas! Ni me acordaba de algunas de estas canciones. Qué tal reliquia.
MUJER: En el fondo, bien en el fondo, es una
mujer de lo más alegre.
HOMBRE: Ella no quería contarle nada a nadie.
Oye, ¿pero por qué me preguntas tanto de los mendicantes? Yo no sé nada, ya te
he dicho.
MUJER: En el fondo.
HOMBRE: Oye, ¿cuántos años tienes tú?
MUJER: Ay, no me hables.
HOMBRE: ¿Y dónde está tu papá?
MUJER: No me hables de ese tema que mira, mira
cómo se me pone la carne de gallina.
HOMBRE: No te asustes, chiquilla. Dime la
verdad, ¿quién va a leer esta entrevista? ¿Quién se va a acordar de mí? Lo
único más estúpido que leer revistas escolares es publicar revistar escolares.
MUJER: ¿Para qué me tocaste ese tema?
HOMBRE: No me hagas caso. Hay cosas que, si no
se entienden a la primera, ya no se entienden nunca.
MUJER: Es lo único que no puedo entender de
Catalina. Qué hace con el imbécil ese; cómo puede seguir con ese tipo. Tienen
siglos juntos. Siempre la trató pésimo. Disculpa mi boca, pero es un imbécil.
No hay otra palabra.
HOMBRE: Una vez, salí en televisión cantando
"Un mendrugo de amor". Hasta ahora, tocan esa canción, de vez en
cuando, en la radio.
MUJER: Prepotente. Mentiroso.
HOMBRE: Para qué te voy a mentir. En verdad, no
tuve un gran éxito que digamos. Pero, en fin; Akatanka tampoco. Estoy pensando
irme a Francia ahora.
MUJER: Coquero.
HOMBRE: Allá les gustan los temas medio raros
como los mendicantes y eso.
MUJER: Vago.
HOMBRE: Hasta cantando en las calles te puedes
mantener allá.
MUJER: Timoteo Suárez; imagínate, con semejante
nombre. Según él, es cantante. Y, hace tiempo, tuvo su fama, no creas. Salió en
un par de comerciales de ropa, pero te estoy hablando de hace siglos. Catalina
le hacía los bajos a sus cancioncitas. Lo que es ahora está bien de capa caída
el hombre.
HOMBRE: Nos vamos a instalar con Catalina en
París; ése es el plan. Si gana el premio E.S.E., con mayor razón.
MUJER: ¡Parásito!
HOMBRE: Salud por eso.
(El Hombre se levanta y va
a sentarse al lado de la Mujer. Ambos siguen haciendo como si conversaran.
Micaela se levanta asustada.)
MICAELA: ¡Tito!
MUJER: Ella lo mantiene. Creo que le manda
plata. Vez que viene a Lima, vez que se va a vivir con el tipo ese.
HOMBRE: No, ella ya no vuelve al Perú.
MUJER: Le saca la vuelta con cuanta falda se le
cruza por el frente.
HOMBRE: Con toda la cosa de la promoción del
libro, se va a quedar por allá todavía un tiempo. Así que tenemos tiempo para
nosotros.
(El Hombre abraza a la Mujer y empieza a
acariciarla.)
MUJER: Pero, si estás pensando ir a verlo,
piensa de nuevo, hija. Parece que al señor no le gusta que le hablen de
Catalina.
MICAELA: Tito.
HOMBRE: No te asustes, chiquilla; yo no muerdo sin
autorización previa. ¿Cuándo me vienes a ver a donde "Don Quique"?
Ahí la seguimos.
MUJER: No sé si será verdad, pero me cuentan
que, el otro día, se encontró en un bar con un profesor amigo nuestro, de
Catalina y mío. Porque el tipo lo único que hace es ir de bar en bar mendigando
trago. Y me dicen, me disculparás la expresión, que el tipo lo trató a punta de
ajos; lo mandó a la eme. Imagínate, a los gritos, a un profesor; a la eme.
(El Hombre trata de besar a
la Mujer. Ésta
se resiste y, tras un breve forcejeo, ambos caen al suelo y quedan en posición
de mendigos.)
MICAELA: ¡Tito!
MUCHACHO: Aquí.
(Micaela corre hacia el
Muchacho y lo abraza.)
MICAELA: ¡¿Dónde estabas?!
MUCHACHO: ¿Dónde estabas tú? ¿Hasta qué hora
creías que iba a estar esperando? Una hora ahí parado en el frío...
MICAELA: Abrázame. Te juro que nunca más; vamos
a mi casa y te juro que me voy a olvidar de todo este asunto. Te lo juro.
MUCHACHO: Pero me prometes que ahora sí de
verdad...
MICAELA: No hables, no hables, no hables...
HOMBRE (mendigando): Una voluntad, señorita, una
voluntad.
MICAELA: Último, Tito. Te lo juro. Último. Ultimito.
MUCHACHO: Puta madre.
MICAELA: Por favor. Pregúntale como te dije. Por
favor.
MUCHACHO: Micaela...
MICAELA: Última vez.
MUCHACHO: Última.
HOMBRE: Una voluntad.
MUCHACHO: Caballero, aquí la señorita quiere
saber si usted sabe quién fue Constantino. Por favor, discúlpela y dígale que
no sabe nada de Constantino, que no tiene ni idea de quién fue ese señor, que
en su vida oyó hablar del Constantino ese...
HOMBRE: Maldito Constantino.
MICAELA: ¿Qué dijo? ¿Qué dijo? ¿Qué dijo?
MUCHACHO: No sé. No le entendí.
MICAELA: Dijo "maldito Constantino".
Escuché clarito.
MUCHACHO: Micaela.
MICAELA: Gracias, Tito. Ya me ayudaste un
montón. Ahora, déjame preguntarle a mí. Señor, ¿por qué dijo que Constantino es
maldito? ¿Qué sabe de él? Puede confiar en nosotros.
MUCHACHO: Cuidado, puede ser peligroso.
MICAELA: Lo escuchamos que dijo "maldito
Constantino". ¿Por qué lo dijo?
HOMBRE: Todo el mundo dice "maldito Constantino";
yo digo no más. ¿No tiene una voluntad que me pueda dar, señorita?
MICAELA: ¿Quién dice eso? ¿Quién es todo el
mundo para usted?
HOMBRE: Todo el mundo, pues. Alguna gente anda diciendo.
Una vez, escuché.
MICAELA: ¿Podría llevarme con sus hermanos,
señor?
HOMBRE: ¡Dónde estarán mis hermanos!
MUCHACHO: Micaela.
MICAELA: Sólo dígame dónde se reúnen, señor.
¿Sí? Por favor. Porque usted es un mendicante, ¿no es cierto? Ya se delató. Ya
no se puede negar.
HOMBRE: La necesidad me obliga, señorita. Usted
cree que me gusta esto.
MUCHACHO: Deja en paz al caballero, Micaela.
MICAELA: ¿Usted busca la pureza del alma y la
amistad con Salvador?
MUCHACHO: Discúlpela, caballero.
MICAELA: ¡Tito! ¡Puta madre!
MUCHACHO: Dale algo al caballero. No traje la
plata. Después te doy.
MICAELA: Mira, Tito, si no vas a ayudar, no
estorbes. ¿No has entendido nada? Va a botar todo lo que le des.
HOMBRE: Por favor, señorita. Tres días que no
como.
MUCHACHO: ¡Tres días! ¿En serio? ¿Se puede?
MICAELA: Tito, estoy hablando en serio.
MUCHACHO: Yo también. ¿Le vas a dar algo o no?
MICAELA: No. No es no.
(El Muchacho se quita el
reloj que tiene puesto y se lo da al Hombre.)
MUCHACHO: Tenga, caballero.
MICAELA: ¡¿Te volviste loco?! ¿Estas totalmente
demente? ¿Perdiste toda la razón?
MUCHACHO: Lo podrá vender por ahí y comprar
algo.
MICAELA: Señor, deme ese reloj.
MUCHACHO: Déjalo, Micaela.
MICAELA: El reloj, por favor, señor. No sea
insensato. ¿Va a permitir que un miserable reloj corrompa todo lo que ha
purificado hasta ahora? El reloj.
HOMBRE: El joven ahí me lo regaló.
MICAELA: Pero el joven aquí no sabe lo que hace.
El reloj, por las buenas o las malas.
MUCHACHO: Es mi reloj. Si me da la gana, se lo
doy al que me dé la gana.
MICAELA: Francamente, hay cosas que, si no se
entienden a la primera, ya nunca más.
(En eso, el Hombre sale
corriendo de ahí. Micaela corre detrás del Hombre, mientras el Muchacho se
dirige hacia el perro muerto.)
MICAELA: Que no se pierda, que no se pierda...
MUCHACHO: Puta madre. Pobre animal. ¿Te lavaste?
No hagas movimientos violentos. ¡Olvídate del cassette de mierda! ¿Qué quieres
tú, ah? ¿Qué te marquen la cara? Puta madre. A Catalina, a Catalina, a
Catalina. Habrá sido el de anoche, el que, según tú, dijo "maldito
Constantino". Unos criminales, unas bestias.
(El Hombre se oculta;
Micaela deja de perseguirlo y se acerca, frustrada, al perro muerto.)
MICAELA: Se nos perdió. Por
tu culpa. ¡Puta madre!
MUCHACHO: No grites; te van a oír. Te dije que
no hagas movimientos violentos.
MICAELA: Ay, Tito.
MUCHACHO: ¿De qué te ríes ahora? ¿Has pensado
qué vas a hacer?
MICAELA: Hay tantas cosas por hacer que ni sé
por dónde empezar.
MUCHACHO: Ni creas que te voy a ayudar.
MICAELA: Nadie te pidió tu ayuda. Además,
¿sabes, Tito? Creo que lo mejor es que ya no nos veamos más.
MUCHACHO: ¡¿Qué?!
MICAELA: Me entendiste perfectamente.
MUCHACHO: ¿Por cuánto tiempo?
MICAELA: No más, Tito. No más. Nunca más.
MUCHACHO: Unos locos te dejan un perro muerto y,
en consecuencia, quieres terminar conmigo.
MICAELA: No es por el perro. No es tu culpa. Déjame
a mí con lo mío.
MUCHACHO: ¿Lo tuyo? ¿Y qué es lo tuyo?
MICAELA: ¡Eso! El perro. Constantino. Eso es lo
mío. Los mendigos. El libro. ¿Es lo tuyo también?
MUCHACHO: No grites, carajo. Te van a oír.
MICAELA: Adiós, Tito.
MUCHACHO: ¿Por qué no pudiste haber sido normal
tú?
MICAELA: ¿Normal? ¿Y qué cosa es tu normal? ¿Se
puede saber? ¿Normal es estar nadando en la mierda sin darse cuenta? ¿Es tener
la cochinada hasta el cuello sin poder moverse? ¿Es perder el brillo de tus
dientes y no saber sonreír? ¿Eso es tu normal? ¿Vivir como un esclavo en esta
ciudad?
MUCHACHO: ¿Esclavo? ¿Qué hablas, oye? ¿El brillo
de mis dientes? Escúchate lo que hablas. ¿Estás borracha o vas a hacer comerciales
de pasta?
MICAELA: Claro, te entiendo; una vive tanto
tiempo buceando en la basura que cuando sale al aire puro todos creen que está
loca. Sí, Tito. Estoy borracha. El aire tan puro emborracha la primera vez; ya
me acostumbraré. Ya hablé. Entiende si puedes. Tal vez, algún día podamos
conversar en paz, sonrientes, libres.
MUCHACHO: ¿Podemos ser amigos?
MICAELA: Hazte amigo de Salvador. Después,
hablamos.
MUCHACHO: ¿Salvador? Salvador ¿qué?
MICAELA: Ya, no te hagas. Entiendes
perfectamente. No me hagas tropezar.
MUCHACHO: Sólo voy a decirte una cosa más. Sólo
una cosita y después te puedes ir a donde quieras.
MICAELA: Dime.
MUCHACHO: Imbécil. Eres una imbécil. No tienes
idea lo imbécil que eres.
MICAELA: Gracias, Tito. Adiós.
(Micaela se retira.
Catalina y el Hombre se van a sentar juntos. Mientras habla, el Muchacho se va
a sentar junto a ellos y los tres forman el semicírculo.)
MUCHACHO: Y todos, todos ustedes son unos
imbéciles. ¡Todos! ¿Me escuchan? Sé que están por ahí. ¡Imbéciles! ¡Asesinos! A
ver, mátenme, pues, como al perro. A ver, den la cara. Cobardes. Les saco la
entreputa a todos juntos. ¡Imbéciles! ¡Todos!
HOMBRE: Sin insultos, por favor. Sin gritar.
CATALINA: Usted es un ignorante. Usted no sabe
nada o sólo un poco de muchos temas, y cree que ese conocimiento parcial le da
derecho a insultar.
HOMBRE: Por favor.
MUCHACHO: Yo no insulto a nadie. Yo digo lo que
pienso. Usted me ha dicho que soy un ignorante. Déjeme demostrarle que sé más
de lo que usted cree.
CATALINA: Lo dejo si puede.
MUCHACHO: Usted pertenece a una minoría
privilegiada en su país. ¿Sí o no?
CATALINA: No entiendo a qué se refiere.
MUCHACHO: Sí entiende. A qué el nivel económico
y educativo del que usted goza está restringido a una ínfima minoría en su país.
CATALINA: ¿Me está acusando de eso?
MUCHACHO: Respóndame una cosa. ¿Es cierto o no
es cierto que, en su país, es una minoría étnicamente de origen europeo la que
goza de todos los privilegios?
CATALINA: En mi país ha habido un largo y
complejo proceso de mestizaje racial y cultural que sería imposible resumir
aquí. Si bien tenemos todavía un trauma nacional, las cosas fueron muy
diferentes a las excolonias francesas, por ejemplo, donde los colonos nunca se
mezclaron con los nativos o los esclavos que ahí llevaban.
HOMBRE: Doctora, no creo que ése sea el tema...
MUCHACHO: Yo asumo las responsabilidades que me
corresponden. Usted contésteme la pregunta.
CATALINA: Yo también asumo lo que me corresponde.
Sí, yo pertenezco a una minoría que podríamos llamar privilegiada.
MUCHACHO: Al fin. Nos empezamos a entender.
CATALINA: No voy a negar la evidencia. Pero hay
mucho que explicar.
MUCHACHO: Un momento, un momento. Déjeme
terminar. Quedamos, entonces, en que usted pertenece a una clase que es una
pequeña minoría en un país en que -admitámoslo- por tradición, las mayorías son
explotadas. ¿Quedamos en eso?
CATALINA: Usted quede en lo que le convenga. A
mí me consta siempre haber estado del lado de la justicia.
MUCHACHO: ¿Ah, sí?
CATALINA: Sí.
MUCHACHO: Entonces, tal vez, lo que ocurre es
que ni usted misma se da cuenta. Existen muchísimas formas de explotación,
doctora. Usted se está aprovechando de los marginados, de los más pobres, para
construir su carrera. ¿Eso es explotación o no?
CATALINA: No.
MUCHACHO: ¡Usted es una traidora! Admítalo de
una vez, doctora. Aún está a tiempo. ¡Una traidora!
HOMBRE: Por favor. ¿Empezamos otra vez?
CATALINA: Eso es lo más simplista e ignorante
que he escuchado en mi vida.
MUCHACHO: Lo moral, lo ético, lo único decente
habría sido no decir nada, cerrar la boca, respetar lo que los mendicantes le
pedían. Pero, no, qué le podían importar a usted los deseos de los demás si su
éxito estaba en juego.
HOMBRE: Basta, por favor. Basta.
MUCHACHO: A mí me invitaron para...
HOMBRE: Nadie lo invitó para insultar. Basta.
CATALINA: Si usted supiera, si usted supiera
todo...
HOMBRE: Doctora Campana... Quizás debamos pasar
a unos comerciales...
CATALINA: No. Estoy bien. No se preocupe.
Quisiera responder a todo lo que se ha dicho aquí si me permite.
HOMBRE: Por supuesto, por supuesto.
CATALINA: Es muy fácil, para una persona que
nada sabe ni quiere saber de otro país, reducir todo a los grupos y las clases
que alguna ideología leída por ahí le dicta; los buenos y los malos, los negros
y los blancos, los quechuas y los españoles. Y es facilísimo, a partir de esta
clasificación, juzgar a los individuos en función a su pertenencia, en lugar de
juzgarlos por los esfuerzos individuales que hace cada cual.
MUCHACHO: ¿Y usted? ¿Qué ha hecho?
HOMBRE: Déjela terminar usted ahora.
CATALINA: Tengo treinta y cuatro años...
MUCHACHO: Treinta y cinco.
CATALINA: He pasado más de diez años de mi vida
investigando, junto a especialistas de todos los campos, a un grupo, en mi
país, que son los pobres entre los más pobres, los marginales entre los marginales...
MUCHACHO: Usted los traicionó, doctora.
CATALINA: Yo misma me he preguntado, muchas
veces, desde el principio, si tengo derecho a hacer lo que estoy haciendo.
MUCHACHO: ¿Y qué se ha respondido?
HOMBRE: ¡Déjela terminar!
CATALINA: Al revelar a los mendicantes -sí,
contra su voluntad- jamás pretendí un beneficio personal. Lo que quería -lo que
aún quiero- es dar a conocer a la gente de mi país y del extranjero a un grupo
de personas con valores e ideologías distintos a los nuestros, con sistemas de
pensamiento que muchos no compartirían y que serían motivo de burla en muchos
contextos. Si hemos aprendido algo de hace sólo unas décadas, es que sólo el
conocimiento mutuo nos puede acercar como seres humanos, sólo el conocimiento
abierto y absoluto nos puede hacer ver a los demás como seres humanos, y no
como curiosidades de feria o museo, como algunos preferirían; o como animales.
Lo fácil sería quedarnos, para siempre, en los estereotipos que genera la
ignorancia y organizar nuestro mundo a partir de ahí. No me arrepiento de haber
elegido el camino difícil.
HOMBRE: Gracias, por sus palabras, doctora. Creo
que muchos de nosotros las necesitábamos.
(El Muchacho se levanta y
toma el cassette.)
MUCHACHO: Tu entendimiento te ha abierto los
ojos. Entiendes bien las razones por las que, siguiendo el ejemplo de Salvador,
nos mantenemos en la pobreza. Es la pobreza absoluta; no la pobreza del que
llora su suerte, no la pobreza del que viste su propia camisa, no la pobreza
del alma; somos ricos en el alma; por fuera, somos pobres. Nada nos pertenece,
no pertenecemos a nada. Pues debemos recuperar la pureza anterior a la Gran Corrupción de
los Fieles. ¡Basta de engaños! El dinero es un gusano que nunca se va a saciar,
nunca. Sutilmente nos atrae, nos acaricia y nos adormece, como quien juega con
un niño, como una broma de amantes. Cuando tomamos conciencia, ya es demasiado
tarde. Estamos vivos, pero nuestro corazón ha sido devorado, y el gusano sigue
comiendo. Corremos, entonces, tenemos náuseas, queremos vomitarlo, pero no
podemos ya; más gusanos han entrado a lo más íntimo de nosotros. Sólo nos queda
esperar la infección total, nuestra muerte en vida y el infierno que, a plazos,
hemos comprado.
(El Muchacho vuelve a
sentarse al lado de Catalina y del Hombre.)
HOMBRE: Bueno, doctora, ahora que el libro ha
sido publicado, ¿cuáles son sus planes para el futuro? ¿Otro libro quizás?
CATALINA: Eventualmente; pero no, por ahora. Me
gustaría descansar apenas terminen todos los trámites del lanzamiento de
"Mendiants". Ha sido agotador. Ahora lo único que quiero es estar en
una playa, sola, escuchando Akatanka, sin obligaciones.
HOMBRE: ¿Escuchando qué?
CATALINA: Akatanka. Un grupo musical peruano de
hace un par de décadas. No muy conocidos por aquí, como tantas otras cosas.
HOMBRE: Akatanka. Nunca lo oí. ¿Qué significa en
español?
CATALINA: No es español.
MUCHACHO: No es español. Es quechua. Akatanka es
una especie de escarabajo que vive en los Andes. Su nombre significa "come
mierda".
CATALINA: ¿Ah, sí?
MUCHACHO: Sí.
HOMBRE: Qué interesante. ¿Pero, doctora, estará
también, estos meses, a la espera de los resultados del premio E.S.E., me
imagino? Sabrá que "Mendiants" tiene grandes posibilidades de ganarlo
este año.
CATALINA: Es lo que he escuchado. Y le mentiría
si le dijera que no estoy a la expectativa. Pero trato de disciplinarme
pensando que un intelectual no debe planificar su carrera en función de los
premios o incentivos que se le ofrezcan.
HOMBRE: Gracias a ambos por su concurso. Y a
todos los televidentes por su sintonía.
(Catalina, el Hombre y el
Muchacho se levantan y se dispersan.)
MICAELA: Señorita Campana: Me tendrá que
disculpar, pero ya no puedo seguir llamándola "Catalina"; usted ya no
es mi amiga. Y decirle "doctora" sería insultar a mucha gente que sí
merece que la llamen así.
CATALINA: Gracias, Micaela.
MICAELA: ¿Quiere ver la carta más triste del
mundo? La tiene usted en sus manos. Cómo pudo hacerme esto. Cómo pudo
acuchillar por la espalda a todos los que confiábamos en usted. Cómo pudo,
señorita Campana.
MUCHACHO: Querida Micaela: Finalmente me animé y
fui a ver al profesor de historia del que me hablaste hace tiempo, el de los
agradecimientos, ¿te acuerdas?; ha trabajado con Catalina desde hace años. Fue
interesantísimo. Tanto que te lo tenía que contar. Como prefieres -y te
entiendo- no vernos por el momento, te lo pongo por escrito. Espero que eso no
te moleste.
MICAELA: Un mendigo que me dijo "maldito
Constantino" me llevó a creer que ya estaba a un paso de encontrarlos.
MUCHACHO: Bueno, la cosa es que el doctor Ponce
ha visto en los mendicantes el reflejo perfecto de la nacionalidad peruana.
Hablamos de cómo y por qué la secta ha tenido tanto éxito en el Perú; es que es
un reflejo de la nacionalidad. El doctor Ponce lo explica mejor, pero aquí te
lo cuento. Cuando las religiones precolombinas cayeron ante el Cristianismo,
los cultores de esas religiones se vieron obligados a adorar a sus dioses en
secreto, para evitar que los encarcelaran o los mataran. Y eso duró muchos
años. ¿Sabías que todavía hay manifestaciones en que se cree que la gente
venera a santos cristianos y en verdad están venerando a un dios ancestral?
Todavía existe. Entonces, ese esconderse, ese negar la fe en público cuando, en
verdad, uno es piadoso, todo eso está inserto en el subconsciente del peruano.
MICAELA: Pero, de ahí, me di cuenta que ese pobre
hombre sólo repetía una frase escuchada sabe dios cuántas veces a un entusiasta
de la secta. Fue ahí, señorita Campana, que dejé de hacer preguntas en la calle
y me zambullí de lleno en todos los materiales que usted, tan amablemente, me
había proporcionado.
MUCHACHO: Nos gusta eso; es parte de nosotros.
Los Cristianos de Lima parecen una secta hecha para satisfacer las necesidades
del Perú de hoy. Qué interesante, ¿no? ¿Cómo has estado, Micaela? Estoy bien
preocupado. ¿Te interesa lo que te escribo?
MICAELA: Fue increíble. Fue como si alguien
hubiera vaciado la piscina en pleno verano, sin avisar. Fue un palmazo en todo
el cuerpo.
MUCHACHO: Bueno, eso es todo. Te dejo la carta.
Cuídate mucho. Cualquier cosa, cualquiera, llámame.
(El Hombre toma la guitarra
y empieza a tocar un acompañamiento. El Muchacho y la Mujer se sientan juntos y se
abrazan.)
MICAELA: Todo se me hizo tan claro de pronto que
parecía que usted misma hubiera dejado tirado el barro de sus zapatos a
propósito para que alguien la siga.
CATALINA: ¿Qué piensas hacer ahora, Micaela?
MICAELA: Fui a buscar otra vez a su novio. Fue
lo único que se me ocurrió.
HOMBRE (tocando la guitarra y cantando): Ojalá
yo llegue muerto a la noche de la vida;
ojalá yo llegue muerto al mediodía
en que me acueste con la noche y me levante con
el día,
que comprando lo que venden
pierda el blanco de mis dientes.
Pero nunca me esperé que tú también...
Y jamás imaginé que tú también...
MUJER: Oye, ¿por qué no ponen radio aquí mejor?
HOMBRE (tocando la guitarra y cantando): Ojalá
yo llegue muerto a aquel albor
en que no pueda inventar más un amor.
Pero nunca me esperé que tú también...
Y jamás imaginé que tú también...
(Deja de tocar) Gracias por sus aplausos. Ahora
vamos a hacer un descanso. Los dejó con don Quique...
MUCHACHO: ¡Bravo!
MUJER: Tómate tu tiempo.
MUCHACHO: No hay apuro.
HOMBRE (al Muchacho): ¿Qué tienes, huevón?
Gracioso te crees, ¿no?
MUJER: Tranquilo...
(Micaela se acerca al
Hombre.)
MICAELA: Hola. ¿Te acuerdas...
HOMBRE: ¡Qué haces aquí tú! ¿Qué quieres ahora?
MICAELA: Tú me invitaste a venir. ¿Ya no te
acuerdas?
HOMBRE: Mira, chiquilla, ya no te hagas la
estúpida conmigo. Tú no quieres escribir nada de música, tú quieres sacarme
información de Catalina.
MICAELA: ¿Cómo sabes?
HOMBRE: Desde el principio me di cuenta. No
sabes ni fingir.
MICAELA: Mentiroso.
HOMBRE: Piensa lo que quieras. Yo me largo de
aquí.
MICAELA: ¿Puedo hacerte una pregunta más, no
más?
HOMBRE: No jodas.
MICAELA: No es sobre Catalina, no te preocupes.
Es sobre la letra de Akatanka.
HOMBRE: No jodas.
MICAELA: Esta canción que estabas cantando,
"El credo".
HOMBRE: "Mi credo".
MICAELA: ¿Te acuerdas la parte esa que dice
"que comprando lo que venden pierda el blanco de mis dientes"?
HOMBRE: No, no me acuerdo. Chau.
MICAELA: A mí me parecía bien curioso, porque en
la grabación que los mendicantes le dejaron a Catalina le dicen: "verás
cómo, comprando lo que venden los mercaderes, Lima ha perdido el brillo de sus
dientes y se avergüenza de sonreír".
HOMBRE: No me jodas...
MICAELA: Me parecía curioso. ¿Crees que es una
casualidad, que los de Akatanka eran mendicantes o que los mendicantes se
volvieron rocanroleros?
HOMBRE: ¡Yo qué sé! No me jodas
MICAELA: Tú sabes más de lo que dices, Timoteo.
HOMBRE: Mira, chiquilla, no tendría por qué,
pero te voy a hablar del alma. Déjame darte un consejo. Aprovecha lo que tienes
ahorita y no te metas en nada raro. Mira cómo tienes las ropas; parece que no
te has bañado en tres meses. Estás a tiempo. Y no hablo sólo de los
mendicantes. No vale la pena; todo parece muy bonito pero, al final, te vas a
quedar sola. No vale la pena.
MICAELA: Muy tarde. Ya nadie te cree.
HOMBRE: No digo más. Adiós.
MICAELA: Contéstame, carajo. ¿Dónde están los
mendicantes?
HOMBRE: Vete a la mierda.
MICAELA: Aquí estoy. Y aquí me quedo hasta que
hables.
HOMBRE: Quédate donde quieras. Yo me voy.
(Micaela se prende de las
ropas del Hombre.)
HOMBRE: Qué mierda te picó a ti. Suéltame,
carajo. Suelta o te va a llover, ¿ah?
MICAELA: Háblame, por favor.
HOMBRE: Suelta. A la una...
MICAELA: Te doy lo que quieras, hago lo que
quieras... ¡Lo que quieras!
(Micaela se arrodilla
frente al Hombre, le baja la bragueta y trata de tocarlo. El Hombre la mira con
pena y trata de soltarse.)
HOMBRE: Todavía estás a tiempo. Aprovecha lo que
tienes; no pierdas eso.
MICAELA: ¡Por favor!
(Al tratar de soltarse, el
Hombre va rompiendo las ropas de Micaela. Ésta trata de prenderse de él a la
fuerza hasta que el Hombre le da un fuerte empujón. Micaela queda sentada en el
suelo con la ropa hecha harapos. El Hombre se retira.)
MICAELA: Por favor.
MUCHACHO: ¿Qué intereses están detrás de todo
esto? ¿Ah? ¿Qué transnacional se esconde tras toda esta patraña? ¿Ah? ¿Ah?
Contesten, pues.
MICAELA: Que el mensaje de los mendicantes
incluyera una línea de Akatanka no era lo único que apestaba raro. Tampoco me
quitaba mucho el sueño pensar de dónde habían sacado estos "practicantes
de la pobreza absoluta" una grabadora y un cassette. Lo que nunca pude
digerir era que los mendicantes, supuestos pacifistas como dicen que son, dejaran
un mensaje tan violento como un perro muerto. El mensaje era clarísimo; alguien
quería que usted y, años después, que yo dejáramos de meter las narices. Ahora
ya sé quién es ese famoso alguien.
HOMBRE: (tocando la guitarra y cantando): Pero
nunca me esperé que tú también...
Y jamás imaginé que tú también...
MICAELA: Al principio, pensé que había sido su
impresentable, don Timoteo Suárez Adorizzio, el que nos dejó los perros, celoso
por sus éxitos profesionales. Pero eso no explicaba otra cosa que también se me
revolvía adentro: por qué seguía usted con ese hombre.
MUJER: Es lo único que no puedo entender de
Catalina. Qué hace con el imbécil ese; cómo puede seguir con ese tipo.
MICAELA: Yo ya sé por qué, señorita Campana. Ya
entiendo por qué no manda usted a rodar a ese sujeto. Timoteo Suárez,
"Adorizzio", la chantajea. Él sabe algo sobre usted que de revelarse
la heriría de muerte. ¿Y cuál es el famoso secreto que su novio tiene con
usted? Una repasadita a su carrera, señorita, me limpió la ventana como no
tiene idea.
HOMBRE: Yo me quedé patas arriba con la noticia
de esta secta. Ahí mismo la hice llamar, le pedí que preparara otro trabajo,
algo más amplio; casi la tuve que amenazar con jalarla. La pobre Cata no tenía
ni idea de lo que tenía en las manos.
MICAELA: ¿Tiene todavía ese trabajo? ¿De qué
trataba?
HOMBRE: Como te digo, como trabajo, no era gran
cosa. Era un informe cortito donde listaba las razones que los Cristianos de
Lima daban para practicar la pobreza absoluta; lo de la corrupción del alma y
esas cosas, el dinero como el vicio mayor, nada muy nuevo.
MICAELA: Usted no hace ni una sola mención del
carácter clandestino de la secta, ni una sola palabra sobre Constantino, en sus
dos primeros trabajos. No es hasta su tesis que usted se digna mencionar esos
asuntos. ¿Por qué? ¿Por qué no habló antes de estos temas tan importantes en la
espiritualidad de los mendicantes? ¿Por qué?
CATALINA: Si usted supiera...
MICAELA: Yo ya sé por qué. Porque, al igual que
los demás aspectos de esta supuesta herejía, los fue inventando sobre la marcha.
CATALINA: Si usted supiera todo...
MICAELA: Ocurrió lo siguiente; y corríjame si me
equivoco. Como entusiasta pero no muy conspicua estudiante del curso de
Pensamiento marginal, usted quiso impresionar a su profesor Javier Zuloaga y se
inventó -sí, se inventó- una secta de mendigos. Mencionó a los mendicantes sólo
de pasada...
HOMBRE: Ni me lo entregó personalmente.
MICAELA: Pero parece que Zuloaga se excitó mucho
más de lo que acostumbraba.
HOMBRE: Tuve que darle un buen café para que se
despertara. Yo le dije que tomara ese tema para su tesis; me ofrecí como
asesor. No quería la Cata ;
estaba con un montón de problemas por su lado y no tenía idea del bombazo que
tenía en las manos.
MICAELA: El bombazo estuvo a punto de reventarle
en la cara. Su farsa, su gracia, su pecado juvenil, había empezado a crecerle
entre las manos. Se vio obligada a seguir. Y fue entonces, sólo entonces, que
se inventó lo del carácter secreto de la secta. Era la única forma de
asegurarse de que nadie la pescaría. Jamás nadie hallaría a los mendicantes
porque éstos siempre negaban su filiación a la secta. ¡Brillante! Se inventó
también a Matías, el misterioso informante, y, para justificar la
clandestinidad de los mendicantes, se ayudó con la historia del Cristianismo,
que conocía muy bien, y montó el famoso odio a Constantino. ¿Me equivoco?
MUCHACHO: ¡Puta madre!
MICAELA: A partir de entonces, usted ya no se
hizo ningún problema con el montaje. Continuó la comedia y publicó una
barbaridad de artículos ampliando la descripción de su formidable engendro.
MUCHACHO: Puta madre.
MICAELA: Sin embargo, en algún momento, usted
quiso abandonarlo todo. Tal vez, los escrúpulos la importunaban demasiado. La
cosa había ido muy lejos y quiso cortarle la cabeza al monstruo de un tajo. Se
hizo la miedosa, y montó una amenaza contra su persona en la forma de un perro
muerto y una siniestra grabación.
MUCHACHO: Pobre animal.
MICAELA: Sería como librarse, de una vez y para
siempre, de la farsa que tenía prendida del alma. Pero -oh, sorpresa- buenas
nuevas la persuadirían de seguir.
CATALINA: En segundo lugar, me llegó una oferta
para hacer el doctorado aquí. La beca incluía el pago de todos los gastos que
tuviera mientras escribía el libro.
MUCHACHO: Ah, con razón, pues.
CATALINA: Oiga usted, por favor, deje de estar
murmurando insinuaciones. Si quiere decir algo, dígalo ya.
MICAELA: ¡Los mendicantes no existen! ¡Nunca
existieron! Todo era una farsa; todo, desde el principio. Usted, tal vez, me
diga que lo que le digo es absurdo, que es el delirio de una niña desesperada
por la envidia, de una chiquilla ignorante y engreída, ¿no? Pero, señorita
Campana, tengo por aquí una cosita que me dio la prueba final de todo: el
cassette que los supuestos mendicantes dejaron en la puerta de su casa.
(La Mujer toma el cassette.)
MICAELA: Al principio, creí que usted misma
había grabado todo y, luego, falseado la voz desacelerando la cinta. Sin
embargo...
MUJER (con voz acelerada): Sutilmente nos atrae,
nos acaricia y nos adormece, como quien juega con un niño, como una broma de
amantes. Cuando tomamos conciencia...
MICAELA: ... ésa no era su voz. Pero no sé por
qué golpe de gracia se me ocurrió, en lugar de aumentar, disminuir las
revoluciones del mensaje. Y tatatatá...
(La Mujer le da el cassette al
Hombre.)
HOMBRE (con voz lenta): ... ya es demasiado
tarde. Estamos vivos, pero nuestro corazón ha sido devorado, y el gusano sigue
comiendo.
MICAELA: Timoteo Suárez Adorizzio, su
queridísimo novio, sabía de su mentira. Ahí terminé de entender todo. Cómo iba
usted a dejar a ese hombre con semejante cuchillo en la garganta. Fue él quien
grabó en la cinta un texto que usted misma escribió para el que, extinguida ya
toda su imaginación, tuvo usted que recurrir a una línea de sus ídolos, Akatanka.
Qué increíble. Era la voz de ese imbécil con la que tanto se deleitaba mi
cuerpo y que tanta tranquilidad me daba al final de esos días de mierda.
HOMBRE: Desde el principio me di cuenta.
MICAELA: Fue también su impresentable el que
dejó un perro muerto en mi casa, instruido por usted desde alguna playa
francesa. Una llamadita por teléfono le bastó para intentar asustarme. Se
equivocó conmigo, señorita Campana. ¿Me equivoco yo?
HOMBRE: Piensa lo que quieras. Yo me largo de
aquí.
MICAELA: Me consolaba pensando en lo terrible
que debía ser su vida, señorita Campana, en el infierno que usted misma se
había comprado. Pero ya aprendí que se puede vivir tranquilamente en una farsa;
todo es cuestión de no pensar y saber cómo improvisar cuando parece que algo va
a devolvernos a la realidad. Qué risa.
MUCHACHO: Nos gusta eso; es parte de nosotros.
Los Cristianos de Lima parecen una secta hecha para satisfacer las necesidades
del Perú de hoy.
MICAELA: Lo que parece es que la explosión de
mendigos en las calles de Lima no responde a la aparición de nuevas herejías,
después de todo. Qué fácil distraerse del verdadero problema, ¿no? Qué fácil
masajear la cabecita de todos con ideas suavecitas y adormecer a medio mundo,
¿no?
CATALINA: ¿Qué piensas hacer ahora, Micaela? Por
lo menos, merezco saber eso. ¿Qué vas a hacer?
MICAELA: Qué fácil limpiarse la conciencia, puta
madre. Tengo el alma cochina, hecha harapos, y nada la va a poder limpiar ya.
Usted la dejó así. Usted me hizo levantarme por primera vez en mi vida; me hizo
volar, me hizo querer ir más alto y más rápido, y me dejó caer como un pájaro
fulminado en pleno aire. Aquí estoy todavía, en una piscina sin agua, tirada en
el suelo, herida, con la gente que me mira al pasar como a una perra
atropellada. Pero todavía tengo mis trapos, señorita Campana, y puedo limpiarle
la ventana a quien quiera para ganarme alguito.
CATALINA: Por favor.
MICAELA: Podría quedarme callada, lo he pensado.
Asumir con correa la broma y dejar que el globo crezca tanto que ya sea invisible.
Yo misma podría fundar la secta y hacerme la primera hermana. No es broma.
Todavía soy una conversa. Qué risa. Todo lo que decían los mendicantes se hacía
verdadero a mis ojos, todo lo que proclamaban se cumplía frente a mí como un
reloj. Qué ricos los aires helados golpeándome la cara y todo el mundo allá
abajo...
CATALINA: ¡Por favor!
MICAELA: Podría meter al pobre Tito a la nueva
secta. Está tan desesperado que creo que haría cualquier cosa por volver
conmigo. Seríamos los fundadores.
CATALINA: ¿Qué vas a hacer ahora?
MICAELA: Qué risa. Tantas cosas se pueden hacer
ahora que no hay a dónde volver.
(Catalina se acerca a
Micaela y se sienta a su lado. Ambas se toman de las manos. Lloran. Se
abrazan.)
CATALINA: Gracias, Micaela.
MICAELA: Tantas cosas, Catalina.
CATALINA: Gracias.
FIN
Austin, Viena, Lima, 1994
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